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Cuando el hijo se transforma
en padre de su padre

Cambia la historia de la familia, las edades se acumulan, se superponen y el orden natural no tiene sentido:

Es cuando uno de los padres:
- Que te tomaba con fuerza de la mano cuando eras pequeño ya no quiere estar solo.
- Se hace mayor y comienza a trotar como si estuviera dentro de la niebla. Es lento, impreciso.
- Una vez firme e insuperable, se debilita y toma aliento dos veces antes de levantarse de su lugar.
- Que antes mandaba y ordenaba, hoy solo suspira, gime, y busca dónde está la puerta.
- Antes dispuesto y trabajador, fracasa en ponerse su propia ropa y no recuerda tomar sus medicamentos.

Los hijos somos responsables de que aquella vida que nos engendró, ahora depende de nuestra vida para morir en paz.

Todo hijo es el padre de la muerte de su padre.

Tal vez la vejez del padre y de la madre es curiosamente el último embarazo. Nuestra última enseñanza.

Una oportunidad para devolver los cuidados y el amor que nos han dado por décadas.

Así como adaptamos nuestra casa para cuidar de nuestros bebés, bloqueando tomas de luz y poniendo corralitos, ahora vamos a cambiar la distribución de los muebles para nuestros padres.
- Seremos los padres de nuestros padres los que ahora pondremos una barra en la ducha.
- La barra es emblemática. La barra es simbólica. La barra es inaugurar el “destemplamiento de las aguas”.
- Porque la ducha, simple y refrescante, ahora es una tempestad para los viejos pies de nuestros protectores.
- La casa de quien cuida de sus padres tendrá abrazaderas por las paredes.
- Nuestros brazos se extenderán en forma de barandillas.
- Envejecer es caminar sosteniéndose de los objetos, envejecer es incluso subir escaleras sin escalones.
- Seremos arquitectos, diseñadores, ingenieros frustrados.

¿Cómo no previmos que nuestros padres se enfermarían y necesitarían de nosotros?
- Nos lamentaremos de los sofás, las estatuas y la escalera de caracol.
- Lamentaremos todos los obstáculos y la alfombra.

Feliz el hijo que es el padre de su padre antes de su muerte,
y pobre del hijo que aparece sólo en el funeral
y no se despide un poco cada día.

Un amigo que acompañó a su padre hasta sus últimos minutos, en cierto hospital, la enfermera maniobraba para moverlo de la cama a la camilla, tratando de cambiar las sábanas cuando gritó desde su asiento:
- Deja que te ayude. Reunió fuerzas y tomó por primera vez a su padre en su regazo.
- Colocó la cara de su padre contra su pecho.
- Acomodó en sus hombros a su padre consumido por el cáncer: pequeño, arrugado, frágil, tembloroso.
- Se quedó abrazándolo por un buen tiempo, el tiempo equivalente a su infancia, el tiempo equivalente a su adolescencia, un buen tiempo, un tiempo interminable.
- Meciendo a su padre de un lado al otro.
- Acariciando a su padre. Calmando él a su padre. Y decía en voz baja:

¡Estoy aquí, estoy aquí, papá!

Lo que un padre quiere oír al final de su vida es que su hijo está ahí.

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Cultivo una rosa blanca
En Junio como en Enero,
Para el amigo sincero,
Que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni ortiga cultivo
cultivo una rosa blanca.
José Marti

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16/11/2017