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Memorias de una Andaluza
Desde un pueblo blanco, a orillas del mar Mediterráneo, rumbo a estas tierras de cerros y lapachos llegó una andaluza intrépida y audaz en compañía de su marido.

Su pueblo, Salobreña, un caserío blanco ubicado al sur de la provincia de Granada, región de Andalucía.

La nueva tierra soñada:
Tucumán, provincia del norte de la República Argentina.

Miles de kilómetros separaban ambos destinos, pero eso no fue obstáculo para que esta mujer con apenas 21 años, recientemente casada y con un incipiente embarazo se lanzara a “cruzar el charco” en el mes de febrero de 1951, con su mirada puesta en la ilusión de un futuro que prometía ser mejor.

Atrás quedaban muchas cosas entrañables.
Un pueblo edificado en un peñón, con un castillo de estilo moro, del que nadie sabía mucho sobre él, ni de su valor histórico, pero que a veces sirvió de patio de juegos.

Un mar intensamente azul.

Una familia compuesta por padres y numerosos hermanos.
Vecinos y parientes que la vieron criarse y correr presurosa por las empinadas calles del pueblo.
Y un trabajo en la única sastrería donde ingresó como aprendiz con pocos años de edad, egresando con el arte de coser.
Ella era ya en esa época una mujer emancipada que ganaba un jornal trabajando fuera de su hogar.

Tenía por delante sueños, proyectos y esperanzas en un futuro mejor del que le ofrecía, en aquel momento su patria, tierra castigada por una post-guerra civil que colmaba de necesidades la vida cotidiana.

Su mirada indefectiblemente estaba puesta en una tierra lejana llamada América de la que se hablaba mucho y se conocía muy poco.

Ni la distancia ni los 17 días de travesía en barco la acobardó.
Cumplió con su sueño, con su ilusión, con su meta.

Llegó a “Las Américas” desembarcando en Buenos Aires para luego trasladarse en tren a la provincia de Tucumán, donde se afincaría junto a parientes de su esposo, que ni siquiera conocía.

Todo era nuevo y desconocido, diferente a lo que dejó.
El idioma aún siendo el mismo sonaba distinto. Se sorprendió con palabras y modismos nuevos que día a día asimilaba.
Aprendió el uso del “che”, el “chao” y el “changuito”.
Algunos vocablos que en su tierra eran comunes y muy usados aquí no eran palabras adecuadas para ser dichas en público y aprendió a callarlas pero no a olvidarlas.

Lo que nunca perdió fue la fuerte tonada andaluza que la distingue y que es llevada como emblema de la tierra que la vio nacer.

Miró con extrañeza el sombrero y las bombachas gauchas, tan diferentes a la ropa ajustada del torero que supo ver en tardes de toros que alguna vez disfrutó en compañía de su hermano mayor en su tierra.

Y también en este nuevo lugar descubrió algo familiar que le recordaba su pasado y su pueblo:
la caña de azúcar, cultivo que allí también existía, donde además funcionaba “la fábrica” que no era otra cosa que el ingenio del pueblo que la molía como en ésta su patria de adopción.

Trabajó en la casa en todas las labores domésticas y acompañó y colaboró con el esposo en un sencillo negocio familiar que con sacrificio y abnegación se puso en marcha para contribuir al mantenimiento de los suyos.

Aprendió a cocinar empanadas tucumanas, humitas y locro y a degustar de la carne asada en la parrilla, sin olvidar nunca los potajes de garbanzos con bacalao, las natillas y los pestiños que recordaban los sabores de la niñez.

Amante de los pasodobles, el cante “jondo”, el baile andaluz y el olé, también se enamoró de las zambas y las chacareras y Luna Tucumana fue tarareada con frecuencia.

Las añoranzas siempre estuvieron presentes, en especial en momentos difíciles de las pérdidas de familiares que se encontraban tan lejanos, en épocas donde “el internet” no existía y las cartas tardaban muchos días en llegar o se perdían.
Y también, por qué no, cuando hubiera querido compartir una tristeza, una alegría o un logro conseguido, con sus seres queridos, entristeciéndose o disfrutándolas, sola y en silencio.

La lucha fue dura y el trabajo también.
No claudicó para que sus tres hijos estudiaran y consiguieran lo que ella no tuvo: formación universitaria, porque estaba convencida que lo mejor que podría darles, aparte de buenos ejemplos de vida, era una educación formal.

La vida le permitió regresar a su tierra natal, pero ya no fueron días de barco sino las pocas horas que tarda un avión.

Volvió a recorrer casas y calles, parientes y amigos y su castillo moro ahora estaba convertido en atracción turística.

Percibió los aromas del mar y el color azul de su mediterráneo natal, pero no la rondó la idea de quedarse, porque ya había forjado muy lejos de allí, una vida, un camino, una familia y una nueva patria que ya sentía como suya.

Muchas veces fue sorprendida con la mirada lejana y próxima, en el mar y en los cerros, sopesando tal vez lo que se dejó atrás con lo que se obtuvo, pero nunca con arrepentimientos y convencida de que tanto su corazón como su alma aprendieron a convivir con dos patrias muy queridas.

Los años han pasado, con sus altas y bajas y ese transcurrir sin pausa, la encuentra ahora, ya sin el hombre con el que emprendió esta aventura.

Acompañada sí de lo que supo construir en la nueva tierra:

Un hogar lleno del cariño de los tres hijos, seis nietos y siete biznietos, a los que todavía sorprende con alguna historia de juventud o con algún apodo de un personaje perdido en el tiempo, tan característico de su tierra que representa un sinfín de recuerdos vividos en aquel, su querido pueblo blanco.

Emilia, Mary y José Luis
Hijos de Francisca López Gómez

12/02/2016

Paradigma: Lo que se hace por amor
está más allá del bién y del mal.! ( Nietzsche )

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05/02/2016